Hablemos del miedo
manuelita otero
Seamos honestos, todos tenemos miedo de algo. Miedo a la oscuridad, a las alturas, a hablar en público o a estar solos… tú sabes que la lista puede ser larga. Pero, ¿dónde quedan los otros tipos de miedo? ¿Esos miedos que no son cosas, pero que nos preocupan como sentimientos, emociones o situaciones que usualmente nacen de momentos negativos que vivimos en el pasado? Estos miedos son más difíciles de identificar, aceptar y de ponerlos en nuestras conversaciones, pero son tan reales como cuando no nos atrevemos a dormir sin una luz encendida en la noche.
La vida es maravillosa, pero dura al mismo tiempo, y a medida que avanzamos algunos eventos dejan cicatrices muy profundas. Aprendemos, crecemos y nos fortalecemos, pero nadie puede negar que algunas cicatrices duelen y dejan efectos secundarios que cargamos a lo largo de toda nuestra vida. Y entre más queramos ignorar eso que aún nos “asusta” y distraernos con otras cosas, ese equipaje pesado va a salir y va a afectar nuestras vidas hasta que decidamos enfrentarlo y tratar con él.
De pronto tenemos miedo de que alguien nos vuelva a herir de nuevo, de pronto tenemos miedo de fallar porque creemos que no somos suficientes. De pronto tenemos miedo de ser o parecer vulnerables, entonces no confiamos en las personas y no queremos abrir nuestro corazón. Aprendemos a vivir con estos miedos de tal forma que se mezclan con nuestras vidas cotidianas pasando desapercibidos hasta que algo ocurre. Aparece una oportunidad, un ascenso, esa persona que nos gusta, una idea nueva, una decisión que tomar… En fin, puede ser cualquier cosa y llega inesperadamente sacudiéndonos hasta lo más profundo.
Cuando esto pasa hay dos cosas que puedes hacer: Ignoras la situación y huyes argumentando que estás bien como estás, que te gusta tu trabajo actual o que no te quieres involucrar con alguien. O escoges la otra opción que requiere tiempo, honestidad e ir más allá de tu miedo y analizar un poco más toda la situación.
Últimamente he estado pensando mucho y he sido honesta acerca de mis miedos. Usualmente siento que tengo que ser fuerte. Entonces se siente bien cuando me doy el permiso de ser vulnerable y aceptar que aunque haya trabajado duro en varios de mis procesos, heridas y miedos, aún hay dolor y equipaje que debe ser tratado para que se vuelva más ligero. El proceso no es mi parte favorita, pero las revelaciones, las lecciones, los puntos que se conectan y el sentimiento que nace de aprender de mi parte más joven hace que valga la pena.
La libertad es una cosa muy bonita y la libertad frente al miedo es alegría pura. Quizás nunca podremos liberarnos totalmente de los miedos, pero el hecho de que decidamos mirarlos de frente es algo empoderador y que trae sus grandes recompensas. Y eso es justo lo que tenemos que hacer: lidiar con los miedos como una decisión, sin escondernos. Trabajar en las situaciones difíciles del pasado, revisar cómo está tu corazón respecto a las personas que te han herido, revisar las decisiones que has tomado… Mirar todas esas cosas que tratamos de esconder con mucho esfuerzo.
Todos estamos un poco rotos, todos necesitamos hacer una pausa y revisar si hay miedos que aún nos persiguen. No es una tarea fácil, pero no tienes que hacerla sola. Encuentra tu círculo, encuentra personas que han estado ahí y te pueden ayudar, encuentra soporte profesional. Sé sabia en tu acercamiento y paciente mientras caminas por esa situación. Toma tiempo deshacer cosas que se han estado formando por mucho tiempo. Es un proceso. Un proceso largo y a veces difícil que de pronto deje preguntas sin respuestas.
Lo que tú eres ahora está en tus manos. Tu pasado de pronto haya influido o afectado muchas cosas, pero tú puedes decidir qué hacer y a dónde ir ahora.