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Que buen silencio

Quererte para querer, perdonarte para perdonar

manuelita otero

En una etapa muy difícil de mi vida decidí acercarme a Dios en busca de algo de paz en medio del desespero, y sentí dos invitaciones concretas de su parte que se resumían en dos palabras también concretas: amor y perdón. Para mí eran palabras obvias, aparentemente fáciles de comprender y de aplicar. Así que me puse en la tarea de hacer lo que yo creía que significaba aceptar esas invitaciones: intenté tener mejores pensamientos hacia las personas, empecé a estar más pendiente de mi familia, procuré ser más amable con mis vecinos y compañeros de trabajo, quise hacer mejores “obras” y donar más tiempo y más cosas, empecé a orar por personas que me caen mal, empecé a tratar de “tratar mejor” -valga la redundancia- a mis amigos, así me ofendieran o me molestaran sus acciones o decisiones; en fin, empecé a tener comportamientos que si no lograban del todo su cometido, por lo menos evidenciaban mi intención de decirle a Dios con mi vida: “Aquí estoy. Te quiero conocer mejor y creo que te necesito mucho más de lo que yo misma entiendo o puedo imaginar”.   

Todo esto que hice debe tener seguramente algún tipo de mérito. Lo cierto es que siento que me ha beneficiado en varias áreas de mi vida y lo más probable es que también haya tenido algún tipo de impacto positivo en otras personas. Sin embargo, lo que no noté en un principio y que ahora me está tomando un tiempo entender y vivir, es que el orden que Dios me indicó en el momento en el que me acerqué a Él era: “ámate y perdónate”, y luego sí “ama y perdona”. Por algo, la biblia dice claramente en uno de sus versículos más populares: “… Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Mateo 22:39). Al principio, por algún motivo, sencillamente, yo pase muy por encima de ese “ti mismo”.

Yo era de ese tipo de mujeres que creía que se quería mucho porque estudiaba y trabajaba, porque de vez en cuando se daba gustos, se compraba cosas lindas, se divertía en fiestas y paseos, se daba permisos y porque hacía una que otra cosa que la apasionaba, pero una vez me encontré frente a frente con Dios me di cuenta que en realidad yo llevaba mucho tiempo triste, confundida, con una autoestima deteriorada y que, además, estaba pasando por un momento de mi vida en el que tenía un corazón lleno de sentimientos que me estaban quitando luz y paz. Una etapa en la que no me quería lo suficiente y mi mente me juzgaba todo el tiempo. En últimas tenía un corazón que mendigaba amor, que estaba lleno de culpas y miedo porque, de alguna manera, esperaba siempre un castigo de parte de la vida y de Dios por haber hecho o pensado esto o aquello.

Hoy en día, luego de iniciar mi proceso de querer conocer a Dios y de disfrutar de su amor profundo e infinito, puedo afirmar con total certeza que antes estaba muy lejos de saber realmente quién era Él, quién podía ser en mi vida y qué podía hacer con ella. Fue desde ese momento de sinceridad conmigo misma y con Él, que empecé a disfrutar de la misericordia de su perdón, y a notar la importancia de que yo me perdonara y me amara. Tener misericordia con uno mismo no es una tarea fácil, por eso creo que a veces Dios llega por nosotros justo cuando hemos cometido uno o varios de los peores errores de nuestro camino.

Como yo estaba en un periodo en el que había hecho cosas que me hacían sentir como una completa desconocida de mí misma, me aterraban y me decepcionaban hasta lo más hondo de mi alma, Dios me mostró con su ejemplo -actuando en mi vida de una manera impresionante- de qué se trataba el perdón: de arrepentimiento en lugar de culpa, de libertad en lugar de condenación, de paz en lugar de amargura, de humildad en lugar de autodestrucción, de presente y futuro en lugar de pasado. Dios “llevó nuestros pecados tan lejos de nosotros como está el oriente del occidente.” (Salmos 103:12)

Mi vida es antes y después del amor que empecé a tenerme, antes y después de creer en Dios -en un Dios que tiene que ver mucho más con el amor sincero y con un estilo de vida que con prácticas y tradiciones religiosas- y de recibir su perdón. Y aunque me falte mucho, puedo asegurar que ahora me queda más fácil perdonar, incluso ahora hasta me gusta. Ahora, por fin entiendo que será importante demostrarle a mi hija que ella ganará mucho más en esta vida cuando, en vez de regalarle toda su energía a la culpa y a planear castigos, le ponga el alma a quererse para querer; a perdonarse para perdonar y a intentar restituir cualquier daño hecho.

Por Ana